Viernes (2018)

El parir de una nube al amanecer es la causa de que la lluvia tibia te empape antes de llegar.

Caminabas.

El agua descendía de las alturas.

Caminabas.

Tu falda clara bailaba en el aire.

Caminabas hasta que sentiste el agua.

Tu jefe abriría la puerta y entraría, su mirada fija en el celular. Saludaría a Irene, la secretaria, y después caminaría hacia tu mesa para pedirte el avance semanal. Así era siempre en viernes.

Al verte húmeda, despeinada y natural, al ver tu brasier a través de las transparencias de tu blusa empapada, verías en tu jefe esa mirada que te hace sentir tan mal.

Regresas a casa para evitar esa mirada.

¿Te vas a cambiar?

¿Te quieres llevar mi paraguas?

Tu hermana, que es huérfana al igual que tú, te pregunta.

Enciendes la cafetera y ella se rasca la cabeza.

Me quedaré aquí.

Muy bien. Y se ríe. ¿Qué quieres desayunar?

El día se escurre allá afuera.

La ventana cerrada aísla a las hermanas del cantar de la lluvia.

De la nada, tu celular vibra en alguna superficie. Tu jefe, seguramente.

Pretendes estar enferma. Tu índice y tu pulgar te ayudan a tapar la nariz para fingir que tienes una gripa muy fuerte.

Sí, sí, le dices.

El avance de esta semana estará en tu email.

Dame veinte, le dices.

Terminas y envías el avance en el que trabajaste de lunes a jueves.

Ya es viernes.

La lluvia al fin se detiene.

Tu hermana lee, callada, enfrente de ti.

Le da la vuelta a la página.

Agarra la esquina.

Acaricia el papel.

Se bebe las palabras.

Tú disfrutas el café caliente y el pan dulce.

El azúcar se impregna en tu lengua.

La taza te besa.

Suena el timbre de la casa. Caminas hacia la puerta principal y la abres. Una figura resplandeciente en la banqueta. Es difícil distinguir quién es al haber tanta luz detrás de su silueta.

¿Me puedes ayudar? Dice un ave alta y de plumas blancas.

Te quedas muda.

¿Me puedes ayudar? Repite el ave y suplica.

Intentas hablar, aunque nada sale de tu garganta.

Ayúdame a buscar a mi padre.

Le dices que pase, y el ave sacude sus alas y plumas antes de entrar.

El ave pasa y ves su andar de patitas juntas que caracteriza a las...

¿Qué es? Te pregunta tu hermana, exaltada.

¿Qué es? Insiste.

¿Qué hace aquí?

Necesita ayuda, le dices.

Mi madre es una nube, el ave interviene.

¿¡Habla!? ¡Sácala de la casa!, Grita tu hermana.

¡Sácala!

¡Sácala!

Mi madre es una nube.

¡Sácala!

Mi madre es una nube. Dice que me quiere y lágrimas la inundan. Dice que me quiere y sufre. Irás a la tierra, me dice. Serás tierra algún día, me dice. Irás a la tierra y ahí buscarás a tu padre. Dice que me quiere. Y me deja caer desde arriba. Dice que me quiere. Y me avienta. Dice que ella cambia y llueve. Dice que ella fluye y llueve. Dice, y mientras dice, llueve. Vivir es deshacerme, me dice. Irás a la tierra y me avienta. Me escupe, me expulsa. Dice que me ama. Y me deja. Es que las nubes desaparecen, dice. Sus lágrimas se escurren en mis plumas. Ve a la tierra, encuentra a tu padre, ella susurra. Mi madre sufre hasta que me ve nacer y la lluvia se detiene. Mi madre muere.

El ave canta en la sala y su tristeza invade a la ciudad entera.

Se miran.

Te acercas.

Más cerca.

Más.

Acaricias sus plumas suaves, hasta que juntas, se vuelven una, en esta eternidad de un viernes de abril.

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