Cómo la Tecnología Puede Corregir los Errores del Arbitraje Humano (2025)
I. Introducción: El abogado futbolero
En el año 2012, fundé una empresa de traducciones legales. Fue una experiencia que no solo me permitió iniciar mi camino profesional como abogado, sino que también me mostró de forma tangible cómo la tecnología puede potenciar nuestras capacidades. En ese entonces, herramientas como Linguee.com y Google Translate fueron mis aliadas para realizar traducciones jurídicas urgentes con gran precisión. Aprendí que, apoyado por la tecnología, podía responder más rápido, ser más preciso y satisfacer mejor a mis clientes. Ese principio me ha acompañado desde entonces: usar la tecnología para amplificar el alcance y efectividad del juicio humano.
Me gradué como abogado del ITESM en 2014, y un año más tarde obtuve mi LLM en la Universidad de St. Thomas, en Minneapolis. En 2017, fui contratado por Amazon México como Compliance Specialist del programa de Productos Restringidos. Allí enfrenté un desafío fascinante: cómo proteger a los consumidores y a la empresa de productos ilegales o peligrosos, usando la información disponible (descripciones, imágenes, reseñas) y el poder de sistemas de Machine Learning (ML). Mi trabajo consistía en redactar reglas abstractas y generales que permitieran identificar automáticamente productos inadmisibles en el catálogo siempre cambiante de decenas de millones de productos aplicando lógica jurídica en escala tecnológica. Fue una experiencia que unió mi formación legal con una vocación técnica y ética. No lo había pensado demasiado en ese entonces pero hasta mi nombre, “Daniel”, curiosamente carga con ese significado simbólico pues quiere decir “Juez de Dios” en sus raíces arcaicas del hebreo.
Hoy, en 2025, la convergencia entre derecho y tecnología sigue evolucionando, y los modelos de lenguaje y la inteligencia artificial generativa me inspiran a seguir explorando nuevas fronteras. Esta vez, mi atención se ha volcado al deporte, específicamente al fútbol, y al rol que tiene el arbitraje como forma especializada de juicio. La similitud con el derecho es profunda: reglas claras, aplicación contextual y consecuencias reales.
Este ensayo nace, debo confesar, de una noche de frustración tribal apasionada, donde vi a mi equipo favorito, los Rayados de Monterrey, ser perjudicados por una decisión arbitral claramente equivocada. La frustración me llevó a una reflexión: ¿por qué seguimos tolerando errores evitables en un contexto donde existen las herramientas para corregirlos? Y si logramos crear sistemas más justos y objetivos para algo últimamente lúdico como el fútbol, ¿no podríamos también mejorar nuestros sistemas penales y judiciales?
II. El arbitraje como ejercicio de juicio humano
El arbitraje deportivo, particularmente en el fútbol, se basa en un acto de juicio constante. “Juzgar” viene del latín iudicare, es decir, afirmar o decir lo que es justo conforme al ius, la ley, la justicia, el derecho. Un árbitro, como un juez, observa, interpreta, compara y decide. Cada silbatazo es un acto de iudicium. Al igual que los jueces en el sistema judicial de un país, los árbitros deben interpretar reglas predefinidas y aplicarlas a situaciones concretas en tiempo real. Esto requiere una mezcla de conocimiento técnico, experiencia, intuición y control emocional. Sin embargo, esta interpretación también está sujeta a las limitaciones naturales del ser humano.
La analogía con el derecho no es accidental. Ambos sistemas se fundamentan en reglas escritas que pretenden aplicarse de forma imparcial, pero que dependen inevitablemente (al menos hasta ahora) de la interpretación humana. En el fútbol, como en los tribunales, las decisiones no siempre se basan exclusivamente en los hechos, sino en cómo esos hechos son percibidos e interpretados por un individuo. Un árbitro de futbol de carne y hueso sin duda tendrá carencias técnicas (conocimiento imperfecto de las reglas), físicas (problemas de visión o aptitud atlética para estar cerca de la jugada), psicológicas (inteligencia emocional, ego, sesgos) y aun haciendo su mejor esfuerzo, nunca será inmune al ruido. En esta ocasión al usar el concepto de ruido, no me refiero a las mentadas de madre, silbidos y gritos de la afición.
III. ¡Árbitro, la porra te saluda!
Según Kahneman, Sibony y Sunstein autores del libro Noise (2021) y los causantes de que no haya podido dormir anoche por estar leyendo, el ruido es la variabilidad indeseada en los juicios que deberían ser idénticos. No se trata de prejuicios sistemáticos (bias - sesgo) que los juzgadores también tienen que atender, sino de inconsistencias en el desempeño de su labor: el mismo juez puede tomar decisiones diferentes frente a casos iguales o muy similares dependiendo del momento del día, su estado emocional o incluso el clima.
Este fenómeno no es exclusivo del fútbol. El juicio humano, con sus sesgos y su ruido, afecta decisiones cruciales en una variedad de contextos. Ejecutivos financieros que intentan predecir las ventas del próximo trimestre, reclutadores que seleccionan candidatos para una vacante, jueces que determinan penas privativas de libertad, empleados de aseguradoras que deciden si aprobar una reclamación, o analistas de crédito que evalúan si otorgar un préstamo a una empresa o a una familia: todos enfrentan los mismos retos. La evidencia muestra que personas capacitadas, con las mejores intenciones, pueden llegar a conclusiones radicalmente distintas frente a un mismo conjunto de hechos, simplemente por el momento, el entorno o el estado emocional en el que se encuentran.
En los primeros capítulos de Noise, Kahneman, Sibony y Sunstein presentan un estudio inquietante sobre el sistema judicial de Estados Unidos. En 1981, se pidió a 208 jueces federales que revisaran 16 casos ficticios y asignaran una sentencia. Todos los casos eran prácticamente idénticos en hechos y circunstancias. ¿El resultado? Un caos estadístico: aunque la sentencia promedio fue de 7 años de prisión, la desviación estándar fue de 3.4 años. Dos acusados con la misma conducta podían recibir condenas radicalmente distintas —uno salir con libertad condicional y el otro pasar más de una década en la cárcel— solamente por haber sido asignados a jueces diferentes. Este no es un caso aislado ni anecdótico: hay tomos de evidencia de que el ruido en el juicio humano existe, y que puede ser brutalmente injusto. Les recomiendo el documental mexicano del 2008 “Presunto Culpable” si no lo han visto ya.
Con consecuencias mucho menos graves, en el arbitraje deportivo, el ruido es evidente cuando distintos árbitros —o incluso el mismo árbitro en diferentes partidos o hasta durante el mismo partido— interpretan de manera distinta jugadas similares. Basta con ver Fútbol Picante, La Última Palabra o Fútbol al Día, y observar cómo se gritan los comentaristas, exárbitros y analistas deportivos por desacuerdos sobre una misma jugada vista desde cincuenta ángulos y tomas diferentes. Basta con sumergirse, después de un partido, en X (antes Twitter) o en otras redes sociales para darse cuenta de que el arbitraje es el enemigo principal de todos los perdedores. Ni siquiera el VAR (Video Assistant Referee) ha logrado sacarle tarjeta roja al debate y confusión arbitral ya que continua dependiendo del criterio humano de los individuos asistiendo al árbitro central. Esta falta de coherencia genera no solo injusticia, sino también desconfianza en el sistema. Reducir el ruido es importante ya que, de otro modo, uno queda a merced del juicio humano momentáneo, falible e injusto. Si llegamos a la Luna, si descubrimos y comprendemos los componentes de los átomos… ¿no podremos, de una buena vez, resolver este problema?
Esta falibilidad humana no implica mala intención (salvo, quizás, cuando juega el América de México), pero sí pone en evidencia la necesidad de reforzar el sistema con herramientas objetivas. Así como en el derecho se han incorporado precedentes, jurisprudencia y software para dar coherencia a las decisiones judiciales (acentuando que hay mucho por hacer con mayor integración tecnológica), y así como en Amazon implementamos modelos de Machine Learning para evitar que los vendedores sean injustamente afectados por clasificaciones erróneas de sus productos, el fútbol —como cualquier otro sistema que se apoya en el juicio humano— necesita mecanismos adicionales para garantizar la equidad y coherencia en sus decisiones. Creo profundamente que los avances recientes en visión computacional, modelos de lenguaje, machine learning e inteligencia artificial tienen el potencial no solo de asistir, sino de resolver de forma estructural estos problemas.
IV. El rol de la tecnología: reducción de sesgo y aumento de justicia
Frente a estas limitaciones, la tecnología emerge como una aliada natural del juicio humano. El objetivo no es reemplazar a los árbitros, sino proporcionarles herramientas más poderosas y objetivas para reducir el ruido. En mi experiencia profesional en Amazon, aprendí cómo reglas abstractas diseñadas por expertos podían ser traducidas a criterios computacionales que, con ayuda del machine learning, protegieran a millones de consumidores en tiempo real.
Ese mismo enfoque puede adaptarse al arbitraje. Si creamos un modelo alimentado por las reglas abstractas contenidas en el reglamento oficial del deporte, los diferentes manuales prácticos de adiestramiento y entrenamiento que se utilizan para preparar a los árbitros deportivos y adicionalmente las alimentamos con datos históricos de jugadas y decisiones arbitrales y los análisis de los propios árbitros certificados en dicho deporte, podríamos contar con modelos de inteligencia artificial que identifiquen en fracciones de segundo la decisión más cercana a la verdad, más cercana a la justicia. Este algoritmo y sistema sería agnóstico a los equipos que estén jugando, la personalidad y apariencia de los jugadores, su lugar de origen, situaciones previas en el partido, y lo mejor de todo, se aplicaría exactamente igual para todos y sin intervención humana. No creo que sea necesario aplicar una solución así a cada decisión arbitral, (igual que hoy el VAR no se usa para todas las jugadas) y hay muchos detalles por afinar para asegurar que los modelos y la data que se utilice para entrenar a los sistemas no tenga errores o sesgos de origen, pero eso no debe ser excusa para avanzar en búsqueda de la justicia y la verdad.
La noche en que escribo estas líneas, mi equipo perdió injustamente por una decisión arbitral equivocada. Pensemos en esa mujer que no encuentra trabajo por culpa del sesgo y del ruido de quienes toman decisiones en una empresa. Pensemos en ese emprendedor que no le fue otorgado un crédito por decisión de un ejecutivo de cuenta que terminó con su novia anoche. Pensemos en ese recluso en la cárcel al que le dieron dos años más de cárcel por que el juez había tenido una semana complicada y fue el último caso del día.
La tecnología no es una panacea, pero sí una herramienta poderosa. Si podemos construir mejores árbitros con ayuda de la tecnología, también podemos construir mejores jueces, gerentes, maestros y sistemas. Que la cancha sea nuestro primer laboratorio de justicia porque, en la vida, como en la cancha todos buscamos lo mismo, poder juzgar entre el bien y el mal, en otras palabras, ser juez de dios.
